El medio ambiente no olvida, y sabemos a ciencia ciertas que estamos viviendo una época de calentamiento global de la cual es responsable en gran parte la actividad humana. Por actividad humana, además, entendemos no solo la industrial, sino cualquier actividad que provoca un aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, y que aumente la huella de carbono que dejamos sobre el planeta. La automoción tiene también su parte de responsabilidad global, y por eso su futuro pasa obligatoriamente por la reducción de emisiones, y además es necesario plantearse el reto de las cero emisiones.

Los diferentes caminos para lograr cero emisiones

Combustibles alternativos, electricidad, conducción autónoma, soluciones imaginativas como los trenes de carretera o los coches autónomos, todo contribuye a disminuir las emisiones contaminantes porque nos hacen avanzar en términos de eficiencia, o bien porque los residuos de los combustibles alternativos no son contaminantes. O mejor aun, una mezcla de ambas razones.

El reto de las cero emisiones es posible si conseguimos fuentes de energía 100% renovables y limpias

El reto de las cero emisiones es algo más complicado en general que simplemente fijarnos en el vehículo en movimiento, porque en el cómputo total de emisiones debemos tener en cuenta los procesos de producción de los propios vehículos, y los procesos de obtención de combustible (extracción y refinamiento del petróleo; fabricación de las pilas de combustible o de las baterías; generación de electricidad).

Un mundo con muchas menos emisiones es posible si la generación de electricidad fuese al 100% a partir de energías renovables y limpias, como la energía solar, pero además hemos de atender a cuestiones de eficiencia del tráfico entre otras muchas variables. Por ejemplo, ¿sabías que el 30% del tráfico en ciudad se puede deber a conductores buscando aparcamiento? Eliminar esa posibilidad sería un gran impacto positivo en la búsqueda de una ciudad más libre de polución.

Reducir las emisiones pasa por reducir el tráfico, y para eso podemos optar por multitud de vías; o bien hacer los desplazamientos más eficientes. Hace unos años, Volvo participó en el proyecto europeo SARTRE (Safe Road Trains for the Environment) en el que se probó un tren de carretera autónomo en el que varios coches seguían a un líder (un camión en aquél ejemplo) de manera autónoma, enganchándose o liberándose a voluntad según se iba avanzando en un itinerario concreto. Un proyecto de ese estilo no solo incrementaría el confort en el viaje diario al trabajo, sino que sería una alternativa segura y también serviría para ahorrar combustible (y reducir emisiones).

De hecho, la autonomía de los vehículos lleva necesariamente a una reducción de emisiones porque se pueden conseguir diferentes beneficios:

  1. Un vehículo autónomo y conectado puede interpretar su entorno para optimizar su velocidad, trayectoria y consumo de manera automática, y así conseguir que el consumo sea siempre el mínimo posible.
  2. El vehículo autónomo puede ser utilizado por otra persona una vez nos ha llevado al trabajo, por ejemplo, con lo que se reduce el número de vehículos y el número de ellos infrautilizados.
  3. Si el vehículo es autónomo y tiene plazas libres, podrían ser aprovechadas por más personas, lo cual impactaría positivamente en beneficio del medio ambiente.
  4. El mero hecho de que un humano no conduzca ahorra combustible si hacemos una media global, aunque este argumento se puede entender como algo puramente subjetivo.

Sea como sea, el camino para llegar a lo que, de momento, se entiende como una utopía es largo. Estamos en una fase temprana de desarrollos y todavía hemos de alcanzar la autonomía de los vehículos 100% funcional y comercial, hemos de seguir luchando por fabricar motores cada vez más eficientes, mejores soluciones híbridas y eléctricas, mejorando las extracciones de materia prima y los procesos de fabricación. Eso sí, queda mucho, pero es emocionante.

Vía | One

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