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Existen varios niveles de autonomía definidos para los vehículos: desde el nivel 0, es decir, ninguna autonomía, hasta el nivel 5. El nivel 5 es aquél en el que el ser humano no participa en nada de la conducción: simplemente es un pasajero autorizado. El camino hasta la autonomía completa es largo, y está compuesto por etapas claramente diferenciadas, y precisamente todas aquellas en las que el ser humano debe permanecer alerta para tomar el control en caso de necesidad tienen un problema común.

Nuestra capacidad de atención es el principal problema

Hoy en día disponemos de coches de nivel 1, es decir, que cuentan con ciertos automatismos que nos permiten reducir las tareas necesarias al volante: control de crucero, aviso de cambio de carril involuntario, y sistemas de este tipo. En poco tiempo, los coches autónomos de nivel 3 podrían estar en las carreteras, y también los de nivel 4, coches que van asumiendo con cada nivel un mayor número de tareas, dejando que el humano dedique su tiempo a otras cosas. Coches que pueden circular en condiciones normales de tráfico, tiempo atmosférico y en vías estándar.

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El problema es, a la vez, sencillo y complejo: si nosotros como pasajeros estamos absortos en otras actividades, como por ejemplo leer, escribir emails o jugar con el smartphone, ¿seremos capaces de cambiar de contexto lo suficientemente rápido como para tomar el control del coche de manera efectiva? Veámoslo con un ejemplo más concreto.

Erik Coelingh es el Jefe de tecnologías de seguridad y asistencia al conductor de Volvo, y un buen día se encontraba en el simulador jugando a Dots en su iPad. El coche simulado conducía libremente, y de repente sonó la alerta para que tomase el control. Llegó en el peor momento posible, justo cuando más concentrado en el juego estaba, y el cambio de contexto fue… lento, inexacto. Simplemente le costó demasiado salir del juego y enfrentarse a la situación para la que, obviamente, no estaba preparado.

¿Qué significa eso? Los humanos somos un sistema de respaldo muy deficiente. Esto no quiere decir que los humanos conduzcamos mal y los coches autónomos vayan a ser perfectos: significa que nuestra atención es voluble, y que respondemos con lentitud. Al menos, con lentitud comparado con la velocidad de respuesta de un sistema electrónico y de la inteligencia artificial.

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Por esa experiencia, Coelingh decidió que tenía que revisar su aproximación al “problema” del coche autónomo. ¿Vale la pena enfocarse en la posibilidad de que el “conductor” tome el control fácilmente en caso de necesidad? ¿No introduciría eso nuevos riesgos? Por eso es mejor centrarse en llegar al nivel de autonomía total, prescindiendo del humano.

Si hoy nos ponen tras los mandos de un coche autónomo de nivel 3, lo más probable es que estemos atentos todo el tiempo por si acaso algo sale mal. Es natural. Con el paso del tiempo y los kilómetros, iremos confiando progresivamente en el coche, y relajando nuestra vigilancia. Y algo de tiempo después, nos encontraremos sumergidos en una película, jugando un juego o estudiando un tema. Y durante todo ese proceso, nuestra capacidad de “retomar la conducción” en caso de peligro irá disminuyendo hasta casi desaparecer.

Existe, además, otra razón por la que los coches autónomos de nivel 3 no son la mejor solución a corto plazo: con coches de nivel 2 (recordemos, con los diversos asistentes como el de frenada de emergencia, control de crucero, etc), se ha conseguido un avance muy importante en el nivel de seguridad a nivel global. Con los de nivel 3 se avanzaría un porcentaje mucho menor. Entonces, ¿por qué no apostarlo todo a la autonomía total?

Vía | Wired

Volvo XC90

Cada detalle ha sido concebido para hacer de la conducción una experiencia más sencilla, más agradable, y menos estresante.

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