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Cada vez son más los conductores que utilizan el GPS en sus viajes en coche, y cada vez más, amplían su uso a los trayectos urbanos (igual que hacen los taxistas y los conductores de Uber). Esto choca frontalmente con mentalidades más, digamos, ancladas en el pasado, personas que se orientaban por la ciudad atendiendo a las indicaciones o confiando en su experiencia. O bien, preguntando a algún peatón o al policía de tráfico de turno.

La excesiva dependencia del GPS para nuestros desplazamientos nos atrofia esa habilidad de orientarnos, de encontrar caminos y de recordar rutas, características que tenemos desde que comenzaron la navegación, las rutas comerciales y sobre todo la exploración. Nos apoyábamos en un mapa, a lo sumo, y en el mar los navegantes se guiaban por las estrellas y otros métodos para calcular sus rumbos. Pero ahora, todo lo que debemos hacer es seguir las instrucciones de una aplicación de mapas con GPS.

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Que conste que utilizar una aplicación de mapas no es algo sobre lo que podamos emitir un juicio de valor, porque cada persona utiliza la tecnología a su antojo. Pero sí, quizás, podemos tender a confiar en exceso en la tecnología, perdiendo en el camino nuestras habilidades naturales para la orientación.

Por ejemplo, se han dado casos (y no pocos) de fallos de bulto por parte de los conductores y de sus aplicaciones de GPS que no han terminado del todo bien. Coches en canales, conductores perdidos en el desierto, un conductor que casi es arrollado por un tren (pero que se salvó en el último momento)… casos que terminaron bien, pero otros que desembocaron en tragedia. Y todos ellos con un denominador común: fiarse única y completamente del GPS, no haciendo caso de las señales físicas y del sentido común.

Navegar con las herramientas a nuestra disposición, pero sin GPS, es un buen ejercicio. Nos ayuda a tener los pies en la tierra, nos hace sentir el desafío de orientarse por medios propios. No estamos renegando del GPS, ni de los avances tecnológicos en favor del sextante, pero la tecnología es útil cuando la utilizamos correctamente. No podemos confiarlo todo a la ayuda externa; a veces, falla, y hay muchos ejemplos que te harán pensar.

Existe un libro que nos puede dar una perspectiva muy acertada de lo que es la navegación sin la ayuda de la tecnología más reciente. Se trata de “The Lost Art of Finding Our Way“, o ‘El arte perdido de encontrar nuestro camino‘ en su traducción más aproximada, y lo escribió el físico John Edward Huth. En él se pregunta si la tecnología puede anular nuestra capacidad innata para orientarnos y encontrar el camino, y también repasa las técnicas más comunes para conseguir dar con el destino.

Un ejemplo sencillo (aunque no relacionado con el libro exactamente) es este “truco” de orientación básica:

Lo peor es que la tecnología en sí misma no es mala, su uso no es contraproducente si no terminamos dependiendo de ella, en el sentido más literal. Pero ocurre que, muchas veces, nos acomodamos y nos dejamos llevar.

Recurrimos al GPS ahora igual que en el colegio, cuando nos dejaban utilizar las calculadoras y las empleábamos para las tareas más sencillas. Si no se usa un mecanismo, se oxida. Por eso debemos tener presente que, primero, sí sabemos orientarnos; y segundo, no nos hace tanta falta el GPS como nosotros creemos.

La navegación puede ser guiada (como hacen las aplicaciones de GPS, o como hace tu copiloto humano, que conoce el camino), o bien puede ser a partir de la lectura de un mapa (y la memorización de la ruta). Cada modo de navegación activa zonas diferentes del cerebro, y no es que una sea mejor que la otra, pero al menos la segunda, la que nos obliga a memorizar, nos puede sacar de un apuro si nos quedamos sin batería en el smartphone, en medio de “la nada”.

Como propuesta divertida, trata de dejar de lado el GPS en tu próximo viaje, y fíate de tu instinto y de las señales que te ayudarán. Y si al principio te sientes desnudo, es que dependes demasiado de tu GPS.