Innovación

Hace 50 años pisamos la Luna y poco después ya circulábamos con los primeros coches por allí

Un par de años después de que Armstrong y Aldrin pisaran la Luna con el Apolo 11, las misiones Apolo 15, 17 y 17 llevaron los tres primeros coches a la Luna. Eran diversos modelos del famoso Lunar Rover Vehicle (LRV), apodado cariñosamente buggy lunar. Se trataba de un pequeño rover o vehículo eléctrico que permitía explorar los alrededores del lugar de alunizaje, recoger muestras, mantener comunicaciones y grabar imágenes. Resultó ser todo un ejemplo hasta dónde puede llegar la ingeniería y la imaginación humana a la hora de resolver problemas cuando se lo propone.

El LRV no era pequeño precisamente: medía más de 3 metros de largo y 1,80 de ancho, pero viajaba ingeniosamente plegado en el módulo lunar ocupando menos de 2 metros de largo, 1,5 metros de ancho y 1 metro de alto. Al llegar a la luna los astronautas lo bajaban de su compartimento por una rampa, desplegaban y preparaban las ruedas y extendían antenas y cámaras.


Los tiempos y distancias que recorrieron los LRV varían bastante de la primera a la última: entre 3 y 4 horas y media de tiempo de conducción y de 28 a 36 km recorridos. No eran muy rápidos, eso es verdad: la velocidad media era de unos 8 o 9 km/h con una velocidad máxima de 13 km/h. Cuenta la leyenda –y los registros de la época– que Gene Cernan del Apolo 17 llegó a ponerlo a 18 km/h. En cuanto a los recorridos, eso sí, tenían siempre una limitación: la distancia en línea recta al módulo lunar: se procuraba que no se alejara más de 7 km para que en caso de problemas los astronautas pudieran volver andando.

Dos fueron los principales problemas que hubo que anticipar: el primero, la débil gravedad lunar, que es la sexta parte que en la Tierra. Por esta razón el rover, que pesaba 210 kg, era como si sólo pesara 35 kg (añádanse 15 kg del conductor y algo más por las rocas recogidas). Conseguir una buena tracción era complicado; de hecho en los vídeos estabilizados puede verse cuán inestables eran. Se diseñaron con grandes ruedas de 81 cm, fabricadas con zinc y un 50% de la superficie de titanio ultrarresistente. La tracción era a las cuatro ruedas y podía hacer girar en sentidos opuestos las dos ruedas delanteras, para conseguir giros en un radio menor.

El segundo gran problema era el polvo lunar. Extremadamente fino y molesto, podría introducirse en los diversos componentes e inutilizarlos. Además, con una gravedad menor el polvo tiende a alcanzar mayor altura cuando se levanta al paso de las ruedas. La solución fue utilizar unos amplios guardabarros y recubrimientos de polietileno (PET) en los radiadores. Por si acaso cuando el conductor bajaba del vehículo eliminaba el polvo acumulado manualmente, con un cepillo especial.

En uno de los paseos con el rover una herramienta caída arrancó medio guardabarros trasero. Ni corto ni perezoso el conductor hizo una de las reparaciones con “cinta americana” más legendarias que se conocen: utilizó un mapa que no necesitaban para, doblándolo, recubrir la pieza rota. Con un poco de cinta y unas abrazaderas de sobra que tenía a mano consiguió restaurar el guardabarros casero, que aguantó el resto de las actividades extravehiculares.

Otros inventos tremendamente ingeniosos de los LRV fueron el panel de control y el indicador de rumbos. En la Luna no hay polo norte magnético, de modo que las brújulas resultan inútiles. En el panel electrónico se utilizó un indicador de rumbos con giróscopio y cuatro odómetros que calculaban la distancia recorrida por las ruedas (descontando los momentos en que resbalaban). De esta forma con sólo mirar al panel podían calcular la distancia recorrida, el rumbo hasta el siguiente lugar previsto y cómo volver al módulo lunar siguiendo la ruta más corta. Era una suerte de primitivo “navegador GPS” de hace casi cinco décadas.

Se dedicaron también muchos esfuerzos al control térmico de los diversos componentes del vehículo, que debido al uso continuo de las baterías y otros componentes podría suponer un problema. Cada sistema se diseñó en función de los datos de simulaciones y experimentos, pero no estaba muy claro si todo iba a funcionar en el vacío del espacio allá en la Luna: por ejemplo, los motores no sobrepasaron los 90°C, pero las baterías superaron los 25°C. Por esta razón los astronautas monitorizaban continuamente los indicadores de temperatura de cada componente continuamente en el panel.

De las muchas lecciones aprendidas de estos vehículos la más importante ha sido quizá que el polvo lunar puede suponer un problema importante para cualquier vehículo o nave en movimiento; curiosamente los espejos experimentales que se dejaron en el suelo lunar siguen impolutos, al no haber aire ni viento. En futuras misiones lunares o a Marte habrá que diseñar sistemas completamente estancos o con potentes filtros y sistemas para limpiar el polvo, por ejemplo de los paneles solares. También se aprendieron cosas sobre el efecto de las temperaturas sobre diversos componentes electrónicos, especialmente las baterías. Todo ello gracias a una gesta que ahora ha cumplido 50 años.

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