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La tecnología nos proporciona soluciones maravillosas para situaciones cotidianas, pero también genera ciertos problemas difíciles de prever en algunas ocasiones. Algo así parece estar sucediendo en diversas ciudades y vecindarios que están viendo cómo las apps de navegación y rutas que se utilizan habitualmente está afectando a su día a día.

Y es que hoy en día las apps más populares como Google Maps, Apple Maps o Waze tienen información en tiempo real de las condiciones del tráfico en cada calle de la ciudad –incluso si hay incidentes como accidentes y obras– y pueden ofrecer rutas alternativas para ahorrar tiempo.

Pero la paradoja surge cuando demasiada gente “hace caso” a esas aplicaciones: si en una carretera atascada todos pretenden ahorrar tiempo tomando una ruta alternativa propuesta por estas apps que atraviesa un barrio residencial, las calles de ese barrio –no preparadas para tanto tráfico– quedarán completamente atascadas. El resultado será peor para todos: los conductores fuera de ruta seguirán atascados y los vecinos de un barrio tranquilo verán sus calles invadidas por coches de otras zonas, surgidos de quién sabe dónde.

Esto ya ha sucedido en algunas zonas de Nueva Jersey, como cuenta el New York Times o en pequeñas ciudades de California. El efecto parece haber ido en aumento desde 2005, cuando nació Google Maps y con la llegada de Waze, Uber y Lyft (servicios de “coches compartidos”).

Entre las situaciones concretas observadas están que los conductores acaban viajando por lugares a los que no están acostumbrados, algunos accidentes por “despistes” o que tranquilas zonas residenciales acaban saturadas por extraños. Lo han llegado a llamar “la tiranía de los algoritmos de los mapas“, pues los conductores en vez de usar su sentido común obedecen a lo que les indica la pantalla –ya sea por un supuesto ahorro en tiempo o porque están obligados a seguir una extraña ruta si varias personas viajan compartiendo coche (en el caso de Lyft y similares).

Entre las soluciones cuentan que algunas ciudades y vecinos han comenzado una especie de “guerrilla contra los algoritmos”, algunos incluso subiendo información falsa a la app Waze para que pareciera que había obras y accidentes en sus calles donde en realidad no sucedía nada. Las ciudades también se han “defendido” añadiendo semáforos, señales de stop y bumpers para reducir la velocidad. De ese modo, cuando los mapas se actualizan, esas rutas dejan de parecer tan estupendas, aunque básicamente lo siguen siendo. La solución más drástica ha sido cerrar algunos barrios sólo a residentes (bien todo el día, bien en ciertos horarios), de modo que no se puedan utilizar como “calles de paso” cuando hay problemas.

Parte de la situación se debe a que estas apps resultan un tanto “egoístas”: sólo buscan maximizar el objetivo de que el conductor llegue antes a su destino –sin tener en cuenta a los demás conductores. Dicen los expertos que pronto podrían surgir apps en las que el “bien común” se tenga en cuenta, y no solo “el camino más corto”. Algunos lo llaman “una concepción holística de las ciudades”, en las que tengan el mismo las necesidades de los conductores como de las comunidades y las entidades responsables de la gestión de la ciudad.

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